El carácter de una nación no es algo espontáneo y fortuito, es el resultado de las estructuras socio-históricas que están en perpetua construcción. Es la identificación y aceptación de estas estructuras las que provocan en la gente cálidos sentimientos. Sentimientos de lealtad y deber con su tierra. Así como rechazo y desdén por lo extraño. Estos sentimientos son en ocasiones causantes de una cerrazón al mundo que nos es ajeno. Rechazamos la alteridad, dejamos sin voz a aquellos que gritan y nos mofamos de sus derechos.

La discriminación en México tiene distintos matices, va desde el rechazo al moreno (¡qué ironía la del país mestizo!), a negar la distinción de géneros, e ignorar los derechos de las minorías.

México es el país donde te dirán “no pareces mexicano” por tener la piel lechosa. Es donde escucharás “está bonito aunque esté moreno”. El país donde escucharás “ojalá el primer hijo hubiera sido niño”, cuando hablan de la feliz ocasión de un nacimiento. Donde dirás “pinches españoles que nos conquistaron” cuando no eres enteramente indígena. El problema aquí es lo internalizados que están nuestros prejuicios, y lo poco que reflexionamos antes de manifestarlos. Pero, no podríamos esperar otra realidad. No cuando se nos enseña a rechazar lo que nos es distinto desde que somos jóvenes. Jóvenes como individuos y como cultura.

El mexicano discrimina hasta al propio mexicano. Como las culturas prehispánicas, somos férreos gregarios. Miembros de un solo grupo rechazando e intentando someter a aquel que no pertenece, aquel que es foráneo. Somos los hijos mestizos de la Colonia, que si por suerte somos más pálidos nos dudamos en emplear la pigmentocracia para conseguir privilegios. Somos las familias que celebramos al varón como hijo digno y relegamos a la mujer a labores de servidumbre. ¡Qué ironía!, sigo repitiendo. Qué triste resulta la discriminación en México cuando ni entre hermanos se tiene la misma piel, cuando la espina dorsal del común de la familia mexicana tiene nombre de mujer, cuando nuestra innata diligencia debería hacernos más amables y empáticos por nuestras minorías y nuestros foráneos.

México es el país donde la discriminación no debiera de existir, y sin embargo, aunque me resisto, existe.