III

          Danna despertó, descalza salió de su habitación atravesando el pasillo alfombrado, atraída por el intenso aroma del café. Su padre y un desconocido hablaban en la sala.

–Hey papá, ¿por qué tanto ruido a las tres de la madrugada?

–Discúlpanos hija. Es algo importante. Mira, te presento a un viejo amigo del colegio militar. Su nombre es Jonnathan Gardner, arqueólogo y peleontólogo de la Universidad de Minnesota… Ella es la menor de mis hijas Johnny, ¿la recuerdas?

Él asintió. Ambos se tendieron la mano en forma de saludo. Danna dio un paso hacia atrás y extrajo un cigarrillo de su pijama.

–¿Qué escuchan?

–Una grabación que trajo Johnny, no deberías estar aquí, ni fumar, es algo muy serio y eres joven, puede afectarte. Vuelve a la cama por favor.

–Si puede afectarme y es algo serio entonces es mi deber quedarme a escuchar–. Dijo ella peinándose el cobrizo cabello alborotado y encendió el cigarrillo. –Les preparo más café, yo quiero una taza–. Tomó el vaso de la cafetera y entró en la cocina.

–También quería fumar desde hace un rato–. Gardner extrajo una cajetilla de su chaqueta.

–Trae un cenicero por favor hija.  Debes pensar que soy un pésimo padre Johnny.

Danna dejó la cafetera trabajando, salió de la cocina para llevar el cenicero en la sala y se sentó en el sofá.

–Así son los adolescentes–. Dijo Gardner y encendió un cigarrillo, volviendo a dar play a la grabadora.

»…pero estamos preparados. Hace mucho calor, treinta y nueve grados ascendentes.

»Es terrible la muerte. Nos destruye con sólo vernos a los ojos. Con su mirada fija y radiante… llena de vacío. Ver los gusanos ajenos nos recuerda los que dentro del cuerpo aguardan la luz verde de la muerte para devorarnos a nosotros mismos. Viven del organismo, invaden y despojan de lo que alguna vez fue hombre, mujer, niño, anciano; rico o pobre, no importa, porque la muerte llega igual, purulenta, con su peste pútrida…

»Hoy vi morir un niño, una niña, una mujer ya con canas y dos hombres jóvenes. Todos ellos africanos, montañeses despojados de la vida por un gusano microscópico. Baum con sus cinco doctorados no pudo evitar el vómito. Yo seré franco, aguanté todo lo posible hasta terminar el día, pero el recuerdo de los cuerpos, los huesos sobresaliendo entre los despojos de músculos, órganos, piel, sangre y grasa purulenta… Simplemente fui al baño a deshacerme del asco. Podría ser una especie de bienvenida en el cuerpo médico; vomitar la carga de la muerte que despelleja para seguir trabajando. No sé si a todos les sucedió al principio. Yo nunca volveré a ser la misma persona después de esto. Algo murió dentro de mí, va muriendo con la jungla llena de animales salvajes y vegetación. Vida devorando vida, muerte devorando vida. Es importante incinerar los cuerpos para devolver las cenizas a sus familias. Los restos sin reconocimiento son llevados al río. Debemos destruir el virus, si lo dejamos en contacto con la naturaleza seguirá mutando.

»Me toca turno completo por ser mi primer día, estoy agotado pero resistiré hasta el amanecer, atendiendo pacientes que llegan a veces sin contagio de Malatmut. Mañana trabajaré el turno nocturno, y el miércoles por la noche me toca turno completo de investigación en el laboratorio.

»Son las dos dieciocho, han muerto un par de pacientes más. Ya se está preparando el incinerador. Debemos ser rápidos. Llevamos trajes especiales y todo está recubierto por cámaras estériles, mañana temprano se llevarán las urnas acumuladas durante ambos turnos.

»La ducha, la comida, los dormitorios, todo está esterilizado por completo entre muros de plástico. Dormimos en literas de metal contiguas. Junto a mi cama tengo acceso a una toma de corriente. Cargaré la grabadora y el móvil mientras duermo. Trabajar el turno completo me dejó agotado y sólo es el primer día. Ya amaneció, mi siguiente turno será por la noche.

»Martes, diecinueve cincuenta horas. Comienzo en diez minutos. Hace unos momentos tuve oportunidad de hacer una videollamada con mi esposa en la “torre de control”. Todo va bien en casa, me tranquiliza saberlo. Estoy casi listo para entrar a la zona de cuarentena.

»Esta noche llegamos a sesenta pacientes infectados, fallecieron catorce. En dos horas amanecerá y aún hay mucho por hacer. Los especialistas tenemos la función de detectar el virus en los recién llegados, asignar el avance para clasificarlos en cuarentena y encontrar una vacuna en el laboratorio. Los enfermeros y paramédicos los atienden una vez ingresados. Cuando fallecen están obligados a incinerarlos de inmediato, los médicos también debemos involucrarnos en esto último. También enviaremos muestras a Europa para su estudio, es otra finalidad en la expedición.

Sonó el bit de la cafetera. Danna entró en la cocina y volviendo a la sala sin decir palabra se sentó en el sofá. Habían terminado con el primer cigarrillo, encendió otro y sirvió el café sin dejar de escuchar la grabación.

»Ya amaneció, terminaré mi turno para ir a descansar, estoy exhausto.

»Desperté hace unos minutos, pasa del ocaso. A pesar de la extensa duración de luz solar, amanece y atardece temprano a nivel del Ecuador. Mi turno inicia a las veinte horas, esta vez será turno completo en laboratorio y no podré hablar con mi familia hasta el fin de semana. Cada minuto es crucial. Los pacientes se triplican por noche y no nos damos abasto con el personal.

»En el laboratorio es importante vestir equipo especial debido a la constante exposición al virus. He podido observar de cerca con microscopios electrónicos un par de ejemplares. Es similar al Ébola excepto por que el Malatmut muestra una prolongación exagerada de la glicoproteína lo que significaría más de treinta aminoácidos. Luce algo así como una lombriz cubierta de filamentos.     

»Tres colegas y yo analizamos muestras toda la noche. Debemos profundizar, descubrir la razón de su existencia y cómo destruirlo.

»Amanece, relevamos para comer, Baum regresa de su descanso en este turno, nos vendrá bien su ayuda. Ella y otros dos especialistas trabajarán durante el día. Tomarán un descanso dos de los que trabajaron anoche, yo acabo el turno completo a las veinte horas.

»En general nos dedicamos a estudiar al Malatmut y hacer experimentos para encontrar la vacuna. Hemos aplicado soluciones en pacientes con infección avanzada pero no evitan el deceso. Es resistente, además no cualquier vacuna probada es benéfica para el ser humano. Debemos experimentar con personas, no es ético, pero si queremos encontrar una forma para erradicar esta enfermedad haremos lo necesario.

»Mi próximo turno será el viernes por la noche. Descansaré una jornada entera, no debería ser tanto en estas circunstancias pero me ayudará a recuperarme. El fin de semana pinta mal. Tenemos alrededor de cien pacientes en cuarentena, han muerto el doble. Es insoportable la reacción de los lugareños al recibir a sus familiares reducidos a cenizas en urnas, dolor que también debemos tragar nosotros. Son las veintiuna con cuarenta y dos. Jueves tres de agosto. Acabó mi turno, tomé una ducha y cené. Justo ahora me alisto para dormir.

»Desperté hace unos minutos, aún es viernes de día. Mi turno comienza por la noche. Es excesivo forzar así el cuerpo y la mente, pero debemos dar todo. Será recompensado el sacrificio. Iré al baño, comeré algo, estudiaré algunos textos de epidemiología  y trataré de volver a conciliar el sueño.

»Tuve una pesadilla, la sensación aún eriza mi piel. Soñé al virus, tal como lo observé en el laboratorio, creciendo desde las muestras hasta convertirse en un gusano gigante capaz de destruir el campamento médico, brotaban por cientos aplastando árboles y muros. Es confuso al final, no recuerdo demasiado. Desperté sudando con taquicardia. Son las diecinueve treinta y seis horas. Ya casi empieza mi turno.

»El número de pacientes excede las capacidades del área de cuarentena. Ciento veintisiete atendidos sólo por treinta personas en turno. Algunos acostados sobre sábanas en el piso de tierra. Esperamos refuerzos para el lunes. Esta mañana nos enviaron un cargamento de medicamentos y equipo, llevándose con los helicópteros los residuos no incinerables.

»A la mitad de turno estoy agotado. Llega y muere mucha gente. Son noventa en cuarentena. Dejaré de contabilizar, no sirve de nada cuando la tasa de mortalidad es  variable. Las vidas humanas deben ser nuestro principal objetivo y quisiera dejar de verlas como un número por respeto a mis pacientes. Trabajaré turno diurno también el sábado para descansar de noche. El domingo desde antes del amanecer partiremos en un convoy de quince elementos para detectar el virus en comunidades cercanas al río Kouilou, traer a los enfermos e instruir a los pobladores con medidas preventivas.   

»Las horas pasan deprisa padeciendo sueño y hambre. Tuve una videollamada con Natally hace unos minutos, me nota delgado y con ojeras. No pude ver a Sonja. Cenaré algo, tomaré un baño e iré a descansar. Mañana a primera hora saldrá el convoy.

»Domingo seis de agosto del dos mil diecisiete. Cuatro treinta horas. Los helicópteros del ejército acaban de partir dejando algunos soldados en el campamento. Saldremos en media hora, casi termino de alistarme.

»El camino por el río es hostil. Hay vida salvaje y por eso vamos escoltados con militares. La pobreza extrema azota estas poblaciones. No hay muchos casos de Malatmut, detectamos tres que fueron canalizados al campamento médico. Casi llega el cenit, hace mucho calor.

»(Sonido de lluvia). En cuestión de minutos comenzó a llover. Nos refugiamos perdiendo tiempo de trabajo. Si no cesa será un problema regresar.

»El temporal no duró mucho por suerte, un par de horas. No es tan común en esta temporada. Cuando comenzó a ceder me adentré en la jungla que rodea la ribera del río en busca de un posible origen del virus, encontrando una extrañeza, vestigios de ruinas aparentemente abandonados. Me parece sospechosa la falta de conocimiento por parte del gobierno del Congo. No exploré debido a la densa jungla y con temor a extraviarme volví enseguida. El equipo me aguardaba, impacientes por la caída del ocaso. Justo ahora vamos de regreso al campamento.

»La luna llena nos acompaña desde hace una hora. A lo lejos, en dirección del río donde hallé las ruinas, escuchamos ruidos, como murmuros. Deduje que son nativos haciendo un ritual. Los soldados y el resto de colegas también los escuchan pero no les dan importancia. Son comunes en África los ritos religiosos.

»Intenté escucharlo en la grabación pero no lo captan los micrófonos de la Tascam. El campamento está cerca, las luces son visibles desde lejos para que puedan encontrarlo por la noche los pacientes de comunidades distantes. Son las diecinueve treinta. La luna es otra luz en la oscuridad guiando el camino… Me reconforta, pronto llegaremos. Mientras sigamos vivos hay esperanza.         

 

Por: Asterión

 

Ilustración: Fernando Cano Miranda